miércoles, 23 de marzo de 2011

¿Brujas o sanadoras?



Fueron muchas las mujeres que durante el Medioevo actuaron como sanadoras o referentes de salud. Pero cuando en el Siglo XIII empezó a afianzarse la medicina como ciencia laica y ello determinó la oposición de las corporaciones médicas les adjudicaba la posesión de recetas mágicas y poderes demoníacos. Debido a su “lascivia” podrían temer comercio carnal con el Maligno y ¡vaya una a saber qué secretos lograría sonsacarle!... Acusadas de brujería, su desaparición constituyó un sexocidio sustentado por la alianza entre la Iglesia, las corporaciones médicas y el poder del señor de turno.
Desde la Antropología, Harris7 advierte: “Se supone que la principal ocupación de los cazadores de brujas era exterminarlas; pero en realidad hicieron un esfuerzo extraordinario para aumentar el aprovisionamiento de ellas y difundir la creencia de que eran reales y peligrosas. No tenemos que preguntarnos por qué los inquisidores estaban obsesionados por destruir la brujería, sino más bien por qué estaban tan obsesionados por crearla”. Dice Harris: el resultado principal del sistema de caza de brujas, además de los cuerpos carbonizados, consistió en que los pobres llegaran a creer que eran víctimas de brujas y diablos en lugar de príncipes y papa.
“¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obras de las brujas”.
Se trataba de desplazar los resultados de las crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperizadas y alienadas atribuyeron sus males al Diablo en lugar de verlos en la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación sino que se convirtieron en elementos indispensables.
¿Quiénes fueron los chivos expiatorios?, se pregunta Harris. Sobre 1258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania, entre 1562 y 1684, el 82 por siento de las brujas eran mujeres. Viejas indefensas sanadoras y aquellas a las que se acusaba de tener relacione sexuales con el Diablo en fantásticos aquelarres*.
Sería ingenuo ignorar el peso que la sexualidad de las mujeres tuvo en este período de la historia: la lectura de las torturas que padecían exhibe el sadismo desatado sobre sus genitales; así como cada interrogatorio acerca de su intimidad sexual8.
G. Henningsen tiene otra visión del tema9 a través de la cual intenta demostrar que las confesiones de las brujas (y brujos) describiendo su participación en aquelarres y delitos no sólo existieron sino que no siempre fueron sonsacadas bajo tortura física: se obtenían, a menudo, a partir de lo que el califica como lavado de cerebro, debido al encarcelamiento y aislamiento al que eran sometidos los detenidos durante meses. Lo cual determinaba que no sólo inventasen sino que a veces se autogestionasen como para afirmar lo que afirmaban. Henningsen reproduce dichas declaraciones a lo largo de extensas páginas, cuyos contenidos son asombrosos para nuestra mentalidad. Su investigación se refiere al proceso de Logroño, uno de los más copiosos conocidos hasta el momento, y desarrollando en el País Vasco a partir de 1610. Su distinción entre brujería y brujomanía lo lleva a sostener que esta última es una forma explosiva del impulso de persecución provocado por el sincretismo entre las creencias populares y las ideas que sobre la brujería han elaborado algunos intelectuales: “ el daño existió en el momento en el que predicador desde el púlpito y el juez en el tribunal intentaron aplicar sus conceptos abstractos” convalidando creencias populares concretas: Henningsen lleva su análisis hasta el siglo XX mostrando el efecto de brujería cuando se discrimina a los disidentes o a “uno” que no nos gusta, ejemplificando con la Alemania nazi. De sus estadísticas puede extraerse una confirmación del sexocidio, a demás de la existencia de niños brujos que – sin participación de sus madres – narraban de qué modo eran conocidos a los aquelarres por el Demonio; la credibilidad que se les prestaba exige la evaluación de estas creencias por parte de comunidades enteras.
Este autor, cuestionador de otros investigadores del tema, incorpora materiales nuevos y obliga a reflexionar acerca del status de las mujeres en aquellos tiempos, particularmente sobre su capacidad para adjudicarse poderes malignos, no solamente bajo la Inquisición, sino cuando actuaban en la cotidianidad, como habitantes de pequeños pueblos o campesinas. “La bruja o el brujo es la encarnación de la inmoralidad y de todo aquello que va en contra de los ideales de la sociedad; por lo tanto cada individuo se esforzará por comportarse de modo tal que a nadie se le ocurra tomarlo por brujo”, concluye Henningsen. Este es el punto a partir del cual es preciso empezar a pensar el modo de “producción de maldades” a cargo de las mujeres en aquellos tiempos. “Convenciéndonos de que dicho individuo no es un ser humano como los otros, sino un brujo, se suspende inmediatamente el código moral que prohíbe maltratar a un semejante y ya no hay límite para los malos tratos de los que podemos hacerlo objeto”. ¿Por qué las mujeres fueron catalogadas como representantes del Mal como si éste pudiese, realmente, encarnarse en alguien?... ¿Qué sucedió para que ellas mismas ocupasen esos lugares tal como lo describen los historiadores?...
La imagen de la mujer asociada con las prácticas médicas habría de adquirir otra dimensión en América Latina. Para no extenderme en el racconto de esta historia, me limito a citar el trabajo de S. Montecinos y A. Conejeros, del Centro de Estudios de la Mujer en Chile, dedicado al saber tradicional de las mujeres mapuches en la curación de enfermedades comunes10, y que no excluye su posible relación con la brujería:
“Este desplazamiento del rol chamánico (del masculino-machos cuyas características principales era el travestismo y la pederastia- al femenino) adquiere relevancia en tanto surgimiento de lo femenino, de la mujer como depositaria del arte de curar y supone implicaciones en la vida social. En primer lugar la asunción de un ‘poder’, la manipulación de lo sobrenatural por parte de algunas mujeres; luego es la especialización de un saber sobre la terapéutica por medio de la herbolaria. Por otro lado en un hecho que conforma la constitución del sujeto femenino dentro de la cultura y propone una identidad, ya que ella será siempre sospechosa (por su vínculo con los ‘secretos de las hierbas y las plantas’) de brujería”.
Estas autoras desean que la memoria y la práctica de las mujeres mapuches restituyan el valor de un conocimiento adquirido a los largo de siglos. Su interés, en tanto investigadoras, es dar a luz una diferencia, mostrar un modo de asir la enfermedad y sus terapias y el papel que las mujeres tienen en ello.

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